La incomodidad de los balances

Sin querer. por mirar en Facebook quiénes cumplían años en los próximos días, empecé a hacer el balance que tan poco sentido siempre ha tenido para mí, al menos en lo conciente.

Recorriendo las caritas ahí en la pantalla relacioné cuántas cosas supe y celebramos o sufrimos con estas personas en el año que se está yendo. Amigos que se casaron y aún no tienen 30 años. Otros que se compraron su casa propia. Otros que han sido padres. También algunos que están en plena mudanza por primera vez solos. Ni hablar de los cambios de trabajo, de romances, de corte de pelo.

En esta vida digital en la que una noticia se vuelve vieja tan rápido, cuesta mucho detenerse a saborear lo que pasa. Al menos para mí viene siendo así. Y un montón de cosas preciadas, inolvidables, han ido quedando en el camino, pisoteadas por otras más urgentes.

Al pisar el freno sobre la propia vida o ajenas, en la pantalla o en una charla como la que hoy tuvimos con mi prima-amiga más querida, nos quedamos muchas veces con la incertidumbre de cuánto más podríamos haber hecho, o de aquello que podríamos haber hecho mejor.

El sabor de los balances no me gusta. A esta altura de cualquier año siempre tengo la sensación de lo mucho que falta por hacer. Me está costando correr la vista del árbol para divisar el bosque.

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