Lo más cerca que estuve de García Márquez

Quien haya leído Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o el cuento Buen viaje, señor Presidente (de 12 cuentos peregrinos) tendrá en mente ciertos personajes del escritor colombiano Gabriel García Márquez: hombres elegantes, que visten de lino inmaculado y portan sombrero. En el sopor del caribe, con libertad, los pienso de traje beige, sandalias, andar lento, media sonrisa…

Pues todo eso pensaba yo de un encuentro con ese ídolo que es GGM. Por eso cuando quedé para un taller de la FNPI en Caracas, me sentí adentro de esos libros por un rato. Una alegría casi infantil. Porque aunque mi parte racional sabía que no iba a cruzarme con el autor de Cien años de soledad, la ilusión de estar tan cerca de ese universo mágico era suficiente empujón para ir, a como diera lugar.

Y no fue fácil. Desde los inconvenientes de la logística, hasta llegar allá y descubrir una ciudad con personas adorables pero presas del miedo de salir a la calle.

Las idas y vueltas del mercado cambiario, la incertidumbre y la inseguridad, eran a veces como ese virus del miedo del que hablaba Serrano incrustado en un paisaje increíble de mar y montaña, con noches muy frescas y algunas nubecitas siempre presentes sobre el Ávila.

De cualquier manera, lo disfruté al máximo. Mezclé el acento cordobés con los de Panamá, Puerto Rico, Colombia, Ecuador, Perú, México y, por supuesto, Venezuela, y aprendí montón de palabras y entretelones de la prensa y la vida en aquellos países.

El plato principal fue el tallerista, Héctor Abad Faciolince, un periodista y escritor del que en Argentina no había oído demasiado, pero que me compró con un regalito el primer día: su libro-crónica de El Cairo, ciudad que quisiera visitar antes de quedarme sin aliento.

El aprendizaje teórico me abrió la cabeza. Pasar días completos, horas dedicadas a pulir el inicio o el final de un texto, borrarlo todo, oír las críticas del maestro, de los colegas, revolverlo, condimentarlo y hacerlo nacer de nuevo, es un paraíso que quizás no vuelva a experimentar nunca. No al menos trabajando en una redacción.

Periodismo y Literatura, era el tópico, y en el detalle ver cómo una cosa le roba a la otra y se complementan para hacer más disfrutable el acto de informar e informarse.

Pero después de tanta inspiración sobre el teclado, salir de noche y descubrir rincones de una ciudad con ritmo en sus entrañas. Cruzarla para ir al Maní y bailar salsa como sólo se puede bailar ahí, donde el calor enrieda los sudores y el vapor del ron se puede tocar con las manos mientras girás. Trompetas, humedad y risas. ¡Eso es bailar!

Carcajadas, sonrisas y espontánea sorpresa o admiración, vergüenza ajena, triunfo y alegría por escuchar lo que se produjo en esos salones, el periodismo que practicamos caminando las calles de Caracas tratando de ver con ojos extranjeros primero y luego siendo parte. Eso es lo que quedó grabado en la relatoría que Sandra hizo del taller.

No conocí a “Gabo”, como le dicen en la FNPI, pero pude sentir el perfume de las gardenias en cada día de ese viaje.

3 thoughts on “Lo más cerca que estuve de García Márquez

  1. mi cercanía aun se expresa materialmente: garcía marquez y yo, tomados de la mano, entre brazos que abrazan su obra que me libera y me limita, me globaliza mucho mas otros aparatos, me atrapa, me recorre y me trasporta velozmente a Macondo, a Barranquillas, a Sucre estando en cualquier sitio de mi casa

    te felicito por tu viaje, por tu experiencia, por tu linda cronica… admiro la oportunidad que tuviste para sentirte mas cerca de GABO (ya somos conocidos literarios, entre-parrafizados)

  2. Rocío, leí una vez: “cada libro es un mundo, conozcamos todos los mundos leyendo todos los libros…” aunque no lleguemos con “todos” vale hacer el intento. Gracias por la buena onda!

    Karma… emociona estar ante gente que sabe tanto, y es útil para ubicar cuál es nuestro pequeñísimo) lugar en el mundo. Otro mate dulce para vos!

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